Redes como la que se construye en LinkedIn, por ejemplo, son más de interacción profesional y, ciertamente, uno puede recibir notificaciones de puestos de trabajo en sus áreas de interés y también puede participar en discusiones centradas en problemáticas específicas, en cada una de las áreas de conocimiento. En mi caso, mi red en Facebook está constituida por colegas, ex alumnos de los últimos 25 años, amigos de toda la vida (literalmente) y familia, mientras que mi red de Twitter agrupa a contactos que participan de mis intereses académicos, mayoritariamente, uno que otro ex alumno y, últimamente, una variedad de personas de las áreas artísticas, de negocios y de activistas. Habia comentado al respecto en un post anterior.
La sorpresa es que las invitaciones a participar en proyectos importantes o interesantes vienen principalmente, a través de mi red en Facebook. Mis ex alumnos me invitan a colaborar profesionalmente en los proyectos que están desarrollando. Antes había comentado de un proyecto con la Secretaría de Educación de Guanajuato, el cual está ya aprobado y calendarizadas las etapas, y solamente esperamos la voz de arranque... en cuanto los periodos vacacionales y de puentes lo permitan. Esperando, además, que en ese lapso no caduque y haya que recomenzar o se cancele. Cuestiones de la burocracia en este país.
La semana pasada me llegó otra invitación, esta vez para participar en un análisis de mercado para una empresa de clase mundial, a través de un ex alumno que dice públicamente, y le agradezco, que lo que aplica en su empresa (una de las treinta reconocidas en el país) lo aprendió conmigo y mis métodos no muy ortodoxos de trabajo en el aula. Y hace unas horas llegó otro, para asesorar un taller sobre cuestiones financieras.
Todo este despliegue que puede parecer presuntuoso es para decir dos cosas:
- que nuestro trabajo docente es de una importancia capital para nuestros alumnos, lo que aportan a la comunidad y lo que, como boomerang, viene de regreso a nosotros
- que cualquiera de nuestras redes se cultiva como un bonsai, no dejando crecer maleza indeseable o ramas podridas (en mi caso, incluye restringir las interacciones con algunos familiares) que vienen en forma de información no validada, mensajes agresivos u ofensivos, etc.
Reconocer que lo que decimos, la manera en la que lo decimos y la calidad de lo que escribimos, corrigiendo los defectos o errores, ayuda a ir generando una presencia confiable y respetable. Por supuesto, no se trata de convertir las redes en sitios doctos llenos de citas o de pelearnos con aquellos que no escriben o piensan como nosotros, ni perder o enmascarar nuestra identidad verdadera. Creo que la congruencia entre lo que mostramos en las redes y en la realidad tangible es lo que confiere, al final, el valor a lo que decimos o hacemos.